La ‘guerra’ de banderas amenaza con cerrar la ventana abierta por el 15M en España

18.02.2019
Andrés Gil

Las banderas del 15M no eran trapos de colores. Cuando se gritaba en las plazas “lo llaman democracia y no lo es”; se reclamaba profundizar en la toma de decisiones; cuando se clamaba “que no, que no, que no nos representan”; se impugnaba un sistema político ineficaz; cuando se decía “no es una crisis, es una estafa”, se ponía el foco en la estrategia de la austeridad y del rescate de bancos en lugar de personas para salir de la recesión económica; y cuando se ironizaba con que “no hay pan para tanto chorizo” se amputaba a una corrupción que acabó asfixiando al Gobierno de Mariano Rajoy en el verano de 2018, cuando se cumplían siete años del 15M.

El 15M representó un espíritu constituyente transversal, en el que identidades políticas y nacionales se veían desbordadas; que tuvo su espejo institucional entre 2014 y 2015 en el surgimiento de Podemos, de candidaturas municipalistas de confluencia y en la formación de la candidatura de Unidos Podemos para el 26 de junio de 2016.

Aquel espíritu constituyente estaba atravesado por una crisis económica que expulsó a casi un millón de jóvenes por falta de futuro, víctimas de recetas firmadas por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional basadas en los recortes, la austeridad y la destrucción de adversarios –como fue el caso de Grecia–; recetas que primaban el rescate de empresas y entidades financieras por encima de las personas empobrecidas; y que prescribían acabar con conquistas sociales que aún siguen sin recuperarse.

Pero aquel espíritu constituyente parece estar apagándose.

El 1 de octubre de 2017 el desborde del régimen del 78 en España llegó con fuerza por Catalunya y la reivindicación de una república catalana a través de unas urnas que, lejos de ser intervenidas por los servicios secretos y policiales del Estado español, el 1 de octubre aparecieron al alba en todos los colegios electorales. Y ante ese referéndum de autodeterminación en Catalunya considerado ilegal amenazando la arquitectura española nacida tras la muerte del dictador Francisco Franco, golpeada desde la izquierda por el 15M y sus derivadas institucionales que incluso propiciaron el relevo del rey Juan Carlos por el rey Felipe en verano de 2014, llegó una reacción restauradora que concurrirá con fuerza en las elecciones anticipadas del 28 de abril convocadas por Pedro Sánchez tras comprobar que no tenía apoyos parlamentarios suficientes para gobernar.

El 1 de octubre supuso un órdago poderoso al Estado; pero también un rearme reaccionario. El 1 de octubre aglutinó a dos millones de personas en Catalunya en torno a la idea difusa de una república catalana, pero también fue respondido con un mensaje del rey dos días después con un carácter poderosamente conservador y jacobino, traducido en el resto de España por una jaculatoria que se cantaba a las puertas de los cuarteles de la Guardia Civil mientras se despedía a los agentes destinados a contener las movilizaciones en Catalunya: “A por ellos, oé; a por ellos, oé”.

El “a por ellos” envuelto de la bandera española frente el “iinde, inde, independencia” envuelto en la estelada lleva marcando el estado de la política española desde entonces.

Lo marcó para sumar un pacto renovado de San Sebastián –el que se firmó en los 30 entre las izquierdas y los nacionalismos para alumbrar la posterior Segunda República– en torno a Pedro Sánchez para desalojar a La Moncloa a un Mariano Rajoy incapaz de gestionar tantas sentencias sobre la corrupción de su partido, el Partido Popular.

Pero la moción de censura que ganó hace menos de un año Pedro Sánchez a Mariano Rajoy, ocurrió apenas unos días después de que Rajoy sacara adelante los Presupuestos Generales del Estado. Y ahora son esas mismas cuentas, que no puede conseguir aprobar Sánchez, las que han tumbado su Gobierno. ¿Por qué? Porque la guerra de las banderas es más poderosa que la de los derechos sociales; porque los presupuestos pactados entre PSOE y Unidos Podemos, los más progresistas probablemente desde la reinstauración de la democracia –subida de pensiones, de la ley de dependencia, del Salario Mínimo Interprofesional– no han recibido el apoyo de los independentistas catalanes porque tienen a 12 de sus líderes en prisión preventiva y sentados en el banquillo del Tribunal Supremo acusados de delitos de rebelión por el procés secesionista que culminó el 1 de octubre, y cuenta con otros seis fuera de España para eludir la persecución de la justicia y la cárcel.

El independentismo no ha querido hablar de presupuestos mientras tiene a sus líderes en la cárcel, en el banquillo o fuera de España. Pero al presidente del Gobierno socialista, Pedro Sánchez. tampoco le llenaba de ilusión recibir el voto para sus cuentas de quienes se enfrentan a penas de 20 años de prisión por intentar “romper España”, en palabras de una derecha empoderada que acaba de conquistar el principal feudo socialista –Andalucía– gracias a los votos de la extrema derecha de Vox.

Sánchez no quería gobernar si parecía que se aferraba al cargo “rehén” del independentismo; el lastre de aparecer en el lado equivocado en la guerra de las banderas le impidió hacer los gestos políticos suficientes con el independentismo como para sacar adelante los presupuestos y hacer perdurar su gobierno.

Las derechas, tras conquistar Andalucía y convocar una manifestación en Madrid menos concurrida de lo esperado frente a las supuestas “claudicaciones” de Sánchez ante los independentistas y para pedir elecciones en vísperas de la derrota parlamentaria de los presupuestos al tiempo del arranque del juicio del procés, se frotan las manos ante unas elecciones que ven marcadas por el "a por ellos”, por emociones nacionales, por un eje emocional en el que se desenvuelve bien el patriotismo de derechas, el patriotismo catalán, pero mal el patriotismo de la agenda social que abandera la izquierda.

Ese eje nacional propició la irrupción de la extrema derecha de Vox en las últimas elecciones andaluzas de diciembre; y situó a Ciudadanos como primera fuerza en Catalunya, si bien concedió una victoria repetida al independentismo. Pero la izquierda, ya sea la socialdemócrata o la transformadora, se vio en mínimos tanto en Andalucía como en Catalunya. Y el temor es que eso vuelva a ocurrir el 28 de abril.

De momento, las encuestas dan al PSOE como primera fuerza política, pero incapaz de formar gobierno si no es repitiendo el pacto de San Sebastián –con izquierdas y nacionalistas e independentistas–, el que le hizo ganar la moción de censura pero luego no quiso alimentar para consolidar su Gobierno. Seguramente el PSOE menos sanchista sueña con una gran coalición con PP y Ciudadanos; y parte del PSOE sanchista lo haga con que sume un acuerdo con Ciudadanos y Unidos Podemos, y que tanto Ciudadanos como Unidos Podemos levanten sus vetos mutuos.

Pero será difícil que eso pase mientras Ciudadanos gobierne Andalucía gracias a Vox y mientras Unidos Podemos apueste por una profunda agenda social y por un referéndum pactado para Catalunya –como en Escocia, como en Quebec–.

Y queda la incógnita de cómo se desenvolverá Unidos Podemos, aún sufriendo las consecuencias de la escisión por su derecha encabezada por Íñigo Errejón de la mano de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. Una escisión que no aspira a presentarse a las elecciones generales pero que atraviesa las negociaciones entre Podemos e Izquierda Unida para ayuntamientos, comunidades autónomas y elecciones europeas –todas ellas convocadas para un mes después de las generales, para el 26 de mayo–; una escisión que ha hecho saltar todo por los aires y que está tensando tanto las relaciones entre los de Pablo Iglesias y los de Alberto Garzón que tiene en jaque la confluencia electoral.

La ‘guerra’ de banderas amenaza con cerrar este 28 de abril la ventana abierta por el 15M en España; el “a por ellos” de las derechas reforzadas por el ascenso de la extrema derecha frente a un PSOE incapaz de apostar por gobernar con los independentistas y Unidos Podemos, quienes a su vez atraviesan su peor momento interno por la ruptura de Íñigo Errejón en Madrid en la antesala de un ciclo electoral que decidirá si la salida a la crisis termina siendo progresista o reaccionaria; si el régimen del 78 se regenera en clave constituyente o se enroca en sí mismo.